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Anafiotika

Anafiotika (4)

La historia de la fundación de este pequeño lugar a los pies de la Acrópolis no tiene desperdicio, al igual que cada una de sus peculiares y lindísimas calles.

Cuando camines por este barrio, comprendido en el distrito de Plaka, tendrás la sensación de encontrarte en una isla sin mar. La blancura ocre de las casas, las sinuosas y serpenteantes calles adoquinadas, las plantas de albahaca asomando en las ventanas o a las puertas de las casitas bajas y los talleres te recordarán a la vida en los pequeños pueblos de costa. Te será extraño no oler el mar desde las minúsculas escaleras de Anakiotika, ni ver las barquitas de pescadores atracadas sobre la arena. Aquí no hay mar, ni arena, ni pescado, a no ser que sea en los restaurantes, porque te encuentras en pleno centro de la ciudad. 

El caso es que se dice que el barrio de Anafiotika está creado a la imagen y semejanza de la isla cíclada de Anafi, al este de Thera. Esto es, según dicen, porque cuando el rey turco Otón decidió construir su palacio en el año 1832, quiso contar con los mejores constructores, artesanos y trabajadores del mármol. Estos, procedentes de Anafi, y conscientes de que pasarían años alejados de su casa para llevar a cabo la obra para el rey, se tomaron al pie de la letra aquello de “si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma” y decidieron recrear su propio hogar en aquel lugar de la ciudad de Atenas. 

Si por el día, los trabajadores se empleaban a fondo en las residencias palaciegas neoclásicas, tallando mármol y construyendo majestuosas estructuras, por la noche se dedicaban a levantar, piedra a piedra, las encaladas casitas, adaptadas al terreno en el que se ubicaban, y creando un paisaje tan de muñecas que parece casi un decorado de ficción. 

El caso es que el oráculo de Delfos dictó durante la Antigüedad la prohibición de construir en la zona para preservar la santidad del entorno de la Acrópolis. Sea por la prohibición legendaria, o sea por el decreto de 1834 que declaraba la zona como de interés arqueológico, la ardua tarea de recreación de su hogar de los anafiotas estaba prohibida. Por ello, y no por afán de romanticismo, el trabajo lo realizaban por la noche. Además, se aprovechaban así de la ley otomana según la cual las autoridades no podían destruir las casas nuevas. 

La afluencia cada vez mayor de artesanos, que fueron llegando a Atenas después de la independencia de Grecia, contribuyó a la aceleración de la construcción de este barrio. 

Anafiotika es, sin embargo, uno de los asentamientos más antiguos de la ciudad. Antes del siglo XIX, en el que se construyó el barrio como puedes verlo en la actualidad, ya había servido como hogar para los refugiados de la Guerra del Peloponeso, o para los esclavos etíopes durante el imperio Otomano. La prohibición del oráculo fue, desde tiempos inmemoriales, superada por las necesidades de cobijo de los que llegaban a la zona. 

Las callejuelas de Anafiotika, con sus casitas de un blanco roto, sus carpinterías de puertas azules, sus buganvillas moradas y sus perros perezosos en las esquinas, están plagadas de carteles de madera pintados a mano que indican cómo subir hasta la Acrópolis, y no cómo llevarte hasta el mar, como podría parecerte. 

Si tienes tiempo, piérdete en Anafiotika y escucha el silencio de un barrio hecho por y para artesanos, y que hoy abre sus puertas, aunque estrechas, al visitante interesado en este acogedor laberinto.

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