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Parque Eduardo VII

Parque Eduardo VII (19)

Una colina cubierta de césped se convierte en un mirador hacia la parte baja de Lisboa, desde la plaza Marqués de Pombal hasta el centelleo de las aguas del Tajo, ya casi en el horizonte. Se trata de la vista que ofrece el Parque Eduardo VII, el más grande del corazón de Lisboa. 

El parque recibió este nombre en 1902, cuando el monarca inglés visitó la ciudad para confirmar la alianza angloportuguesa. 

El parque se concibió a finales del siglo XIX como una continuación de la elegante y burguesa Avenida da Liberdade, que se extiende por debajo de la plaza Marqués de Pombal. De hecho, desde la majestuosa plaza, suben algunos senderos, pavimentados con mosaico, y flanqueados por setos de boj, y llegan hasta el punto más alto del parque. 

Con 25 hectáreas de extensión, este parque tiene zonas para todos los gustos, tanto si eres amante de los jardines perfectos, como si te gusta alimentar a las carpas en medio de una exuberante vegetación descontrolada, o prefieres el silencio que impone la visión de los austeros cactus en fila.

Si bien el ajardinado es más bien convencional, con las clásicas filas simétricas de setos y los parterres de césped, podrás encontrar rincones realmente encantadores. Es el caso del jardín dedicado a Amália Rodrigues, la máxima representante del fado portugués. Se trata de una zona florida desde la que se pueden divisar, en un día claro, las colinas de la Serra de Arábida, en la otra orilla del Tajo. 

En este fascinante entorno, no debes extrañarte si te encuentras, en pleno agosto, con bellas modelos vestidas con pieles y bufandas. No te engañes, no vienen de las boutiques de Avenida Liberdade, sino que están posando para los catálogos de la nueva temporada, ya que éste, por su luz o por sus colores, es uno de los lugares favoritos de los fotógrafos de moda. 

En cualquier lugar, si el Parque Eduardo VII es realmente conocido, lo es por sus estufas, que es el nombre con el que se conoce a los invernaderos. 

En el noroeste del parque, delante de una zona en la que reinan los arbustos, esculturas y los pavos reales, y al lado mismo de la orilla de un riachuelo, se encuentra la Estufa Fría. 

Se trata de un invernadero tropical del año 1929 que alberga una vegetación exuberante y prácticamente selvática. Te fascinarás con plantas tropicales y subtropicales, o con palmeras que crecen a través de un tejadillo de bambú que las protege de los chubascos y el sol intenso. 

Pero si no tienes suficiente con la estufa fría, espera a ver la cálida, en la humedad tibia, las rocallas y los cactus se mezclan con las pajareras de aves tropicales y los estanques de nenúfares. 

En definitiva, un auténtico placer para los sentidos y en pleno centro de la ciudad. No es de extrañar que ancianos, enamorados, jóvenes y familias no falten a la cita con este parque tan especial. 

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