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Introducción

Introducción (1)

Cierra los ojos. Ahora, imagina una isla bañada por un mar rabiosamente azul, con escarpados acantilados donde cuelgan pueblos de paredes blancas, cúpulas azules y pequeñas callejuelas. Abre los ojos y disfrútalo: estás en Santorini. 

Descrita por muchos como la isla más espectacular de las Cícladas, Santorini es un conjunto de pequeñas islas volcánicas con una impresionante variedad de paisajes y 69 kilómetros de costa para descubrir. Una perla en medio del Egeo que merece la pena visitar, como mínimo, una vez en la vida.

No en vano, los primeros habitantes la bautizaron con el nombre de Kallistē ("la más hermosa"). Más tarde pasó a llarmarse Strongylē ("la redonda") y, posteriormente, se la conoció como Thera, en honor a un general espartano que habitó en la isla. Finalmente, con la llegada de los mercaderes venecianos la isla adoptó el nombre de Santa Irene (Santa Irini, en italiano) con el que aún hoy es conocida mundialmente.

De silueta tortuosa y escarpados contrastes, Santorini ofrece al visitante un espectáculo tan mágico como único: el de un volcán parcialmente hundido bajo el mar.

Una buena oportunidad para observarlo es durante tu llegada a la isla. Sitúate en cubierta y prepárate para admirar un paisaje inolvidable: una bahía gigante de 10 kilómetros de diámetro, cuyo color azul oscuro contrasta con la diversidad de tonalidades que inundan las paredes de los acantilados. A medida que te vayas acercando, centra la vista en sus cimas y podrás apreciar pintorescos pueblos de formas redondeadas que parecen motitas blancas a punto de despeñarse. Si no pudiste hacerlo al llegar, recuerda hacerlo al zarpar. Es una imagen realmente de postal.

Una vez en tierra, déjate sorprender. Por las coloridas playas de arena blanca, roja y negra. Por las espectaculares carreteras que discurren entre acantilados y viñedos. Por Acinios, su puerto principal, permanentemente inundado de veleros, barcos y cruceros. Por Fira, su animada capital, llena de encanto, tanto de día como de noche. Y por las mil y una actividades que puedes hacer en la isla: asistir a una espectacular puesta de sol en el pueblo de Oia, realizar un mágico crucero por la caldera, desconectar cuerpo y mente en cualquiera de sus playas, degustar una deliciosa cena con vistas al volcán, bucear contemplando el abismo, viajar al pasado a través de la ruta arqueológica, hacer una excursión en burro, descubrir la ruta vinícola o, sencillamente, ir de compras. 

Elijas la opción que elijas, la belleza está garantizada. Eso sí, una belleza que deberás compartir con unas cuantas personas, ya que cada año la isla acoge más de medio millón de visitantes. La verdad es que si tienes la oportunidad de visitarla en temporada baja, la experiencia es doblemente mágica.

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