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Palacio de Schönbrunn

Palacio de Schönbrunn (42)

Aunque en el lugar que ocupa en la actualidad el palacio de Schönbrunn ha habido casas solariegas documentadas desde la Edad Media, la verdadera historia de este bello lugar tal y como lo conocemos hoy comienza en 1569, cuando pasó a manos de Maximiliano II, lo que significó que se incorporó al patrimonio de los Habsburgo. 

A partir de entonces, y hasta bien entrado el siglo XVII, estos terrenos, que antaño recibían el nombre de Katterburg, fueron utilizados por los emperadores como coto de caza. Con el tiempo, el nombre del paraje cambió y se empezó a denominar Schönbrunn, que significa “bello manantial”. Además, se construyó un pabellón adecuado para alojar a los miembros de la familia real durante sus cacerías.

En 1683, durante el asedio turco a la ciudad de Viena, el pabellón de caza fue arrasado. Tres años después, Leopoldo I decidió construir en Schönbrunn una residencia adecuada para su hijo José, que acabaría siendo el emperador José I. Encomendó la labor al arquitecto Johann Bernard Fischer von Erlach, que ideó un espléndido palacio de estética barroca.

Aunque las obras, bajo la directa supervisión del arquitecto, comenzaron en 1696 y hacia 1700 la sección central se había completado, las obras de las alas laterales sufrieron un parón por las dificultades económicas ocasionadas por los astronómicos gastos de la Guerra de Sucesión española. Tras la muerte de José I en 1711, la construcción se detuvo por completo.

Hasta que Carlos VI regaló el palacio a su hija María Teresa, ésta se encargó de retomar las obras, que fueron encargadas al arquitecto Nikolaus Pacassi. Los trabajos, que empezaron hacia 1743, dotaron al edificio de gran esplendor, y de hecho le otorgaron el aspecto que hoy puedes contemplar. Hacia 1746, la sala de audiencias y los aposentos privados de la reina se habían terminado. Sin embargo, la construcción del magnífico conjunto concluyó en 1749.

En 1750, la emperatriz, consciente de que la familia real estaba creciendo rápido, encomendó a Pacassi una nueva ampliación. Durante esta fase de construcción, el interior de los salones fue decorado de manera exuberante en estilo rococó, con elementos como recargados espejos o paneles lacados de inspiración oriental. En cuanto a los artistas que aportaron su toque de maestría, son especialmente significativos los frescos de Gregorio Guglielmi y los estucos de Albert Bolla. 

Durante esta época, Francisco I, el esposo de María Teresa, encomendó a una serie de reputados artistas el diseño de los impresionantes jardines del palacio. También encargó en 1752 la construcción de la casa de fieras que con el tiempo acabaría siendo el Tiergarten, el zoo de la ciudad.

A la muerte de su marido, Francisco I, la emperatriz decoró todavía más suntuosamente las habitaciones con paneles de maderas nobles y estupendos murales, pero el palacio se vio reducido a la condición de residencia de verano.

Coincidiendo con su enviudamiento, la emperatriz desestimó los planes del arquitecto de la corte, Ferdinand von Hohenberg, que había ideado un elaborado diseño para la parte de los jardines situada inmediatamente detrás del palacio. Al final se optó por una solución más simple, con una fuente de Neptuno situada al pie de una colina coronada por una glorieta con bellos arcos neoclásicos.

Ya en 1817, Francisco II le encargó a Johann Aman una restauración del palacio, y el arquitecto introdujo cambios significativos en la apariencia del edificio. Principalmente se ocupó de eliminar la decoración rococó ue Pacassi le había adjudicado a la fachada. Además, hizo pintar esta parte de palacio del característico color amarillo que hoy consideramos indisociable del aspecto del edificio.

El palacio vivió una época de esplendor a partir de 1848, durante el reinado de Francisco José. El emperador, que nació y murió aquí, siempre estuvo muy apegado a este lugar, que siempre fue su residencia favorita. De ahí que las estancias privadas fuesen redecoradas a su gusto y al de su esposa, la emperatriz Sisí. A finales de siglo se añadió a los jardines el invernadero denominado Palmhaus, en el que crecen espectaculares plantas tropicales. 

Aunque sólo podrás ver 42 de las más de 1400 habitaciones que tiene el palacio de Schönbrunn, para hacerte una idea de la opulencia de esta gran residencia de los Habsburgo vale la pena que tomes parte en alguna de las visitas guiadas que aquí se ofrecen. Un paseo por los soberbios jardines redondeará tu día. 

En Navidad se instala un bonito mercadillo donde podrás adquirir originales adornos navideños hechos a mano, galletas y pasteles e incluso entrar en calor con un delicioso ponche caliente.

Por cierto si tienes niños, no te pierdas la visita especial que hacen en Schönbrunn para ellos. Una actividad muy original donde vivirán en detalle la vida cuotidiana de los hijos del emperador, que hacían, como se comportaban, como se vestían, su higiene… incluso los vestirán como ellos. De verdad que la experiencia vale la pena.  

Por cierto, una opción para recorrer parte de las 160 hectáreas que tiene el recinto de Schönbrunn de la forma más cómoda es con el Panorama Train, un pequeño tren que hace un recorrido con nueve paradas en las que podrás bajar y subir las veces que quieras. Ideal si vas con niños.

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